Cuentos de un rebelde
Dicen que las mejores historias no inician con un problema, con una tristeza, o aún peor, con una muerte. Dicen que las mejores historias inician con un cuento lleno de sueños. Esta historia no es nada parecida, esta historia es mi historia. Mi vida está plasmada de la mejor manera posible, no con el propósito de que sienta que aún tengo esperanzas, sino porque mi vida esta tan llena de drama y tragedia, que creo que al ser positiva ante todo esto es una bofetada al sarcasmo que me hace reír en vez de llorar cuando todo va de mal en peor.
Antes que nada, soy una simple chica de 21 años; no tengo cara de portada de revista, ni cuerpo de modelo, solo tengo un espíritu rebelde. Así que para no romper la tradición de los cuentos pringados de felicidad y esperanza…mi historia inicia así.
Había una vez, en un lugar muy lejano, lleno de gente con sueños; gente con carteras llenas de dinero que les daban la felicidad que ellos tanto anhelaban. Dentro de ese mar de billetes y felicidad me encontraba yo. En aquellos tiempos tenía 8 años y, el mayor de mis problemas era que mis padres me prohibían rotundamente chapotear en las pequeñas lagunas que formaban las lluvias de agosto. Mis sueños eran crecer y tener todo el dinero del mundo para poder ser feliz, como toda la gente. Mi niñez fue un asco, como también lo fue mi adolescencia, y así sucesivamente, pero cuando solo tenía 8 años no sabía del desamor, de la pobreza, de la desesperanza…sólo sabía de la frustración al no poder entrar a las charcas libremente. El tiempo pasó, y con mano dura (de parte de mis padres) crecí sintiendo esa necesidad absurda de tener todo para ser feliz.
Cuando cursaba primer año de la preparatoria, mi vista estaba enfocada directamente en aquella cima que veía tan inalcanzable. Me encontraba tan concentrada en ello, que no me di cuenta que mi alrededor cambiaba, que la gente iba y venía, que seguían peleando por conseguir su felicidad. Seguí con la mirada tan directa en aquello que, al concluir ese primer año, no había visto que una de las partes más importantes en mi vida se había ido.
Cuando eres pequeña crees que todas las personas que forman parte de tu cotidianeidad vivirán por siempre. Con el paso del tiempo vas conociendo a cada personaje pintoresco y te dices “creo que no quiero que vivan tanto”. Pero siempre hay alguien que quieres y necesitas que esté a tu lado hasta la muerte; en mi caso fue la abuela. Ella se fue en un suspiro que no sentí, solo percibí el aroma de formol en su cuerpo al enterrarla y entregarla sin vida a la tierra. Quiero creer que su alma voló cual pájaro al amanecer. Cada paso que di sin ella pesó toneladas, cada respiración dolió como una cuchillada. El hueco de su forma quedo grabado en el colchón, que poco a poco perdió la calidez.
Hoy la recuerdo como una bruma, su mano sosteniendo mi cabeza a su pecho mientras murmuraba “aquí estaré a tu lado mi pequeña”, mientras alisaba los chinos alborotados de mi cabello. Había conocido el desamor en carne propia. Su funeral fue frio, pues llovió durante tres días. Mi mamá no prestó atención; de coraje e impotencia avente los zapatos a un lado y metí los pies al charco más grande y lodoso que encontré. Fue mi pequeña venganza contra Dios, y le grite lo mucho que odiaba sus cielos, sus mares, su creación.
Nunca olvidé aquella tarde, mientras corría por los campos de maíz, con los pies descalzos, llenos de lodo, la ropa mojada y la vista nublada. Mi llanto se convirtió en gritos, mis gritos en carcajadas, y mis carcajadas en llanto; así se repitió el ciclo una y otra vez. Paré en seco cansada, sucia, lastimada por dentro y por fuera; me senté sobre una roca esperando a que todo se calmara, y después de unos segundos entendí que sucedía.
Fue como un flechazo de cordura y esperanza. Me sentía culpable y llena de envidia, pues la abuela siempre dijo que Dios, aparte de darnos vida, hijos, hermanos, padres, nos daba el regalo más apreciado y caro del mundo; nos daba la muerte, pues era el descanso eterno después de una vida larga y dura. Ella siempre dijo que a veces llegaba sola, otras veces intencionadas, o en casos extremos no era Dios quien te la daba, si no alguien más. Con aquella enseñanza recordada, me dediqué a ser buena, todo con el fin de que Dios viniera por mí y me llevara al lado de la abuela, pero los años pasaron, y Dios no quiso llevarme.
Después de su partida todo cambió. Las cosas con mis padres empezaron a ir de mal en peor, tanto fue nuestro odio que nadie hablaba más a la hora de comer, nadie se sentaba a jugar cartas apostando vasos de agua, nadie se dio un abrazo más. La casa se tornó obscura y tétrica pues había sido la abuela quien iluminaba cada espacio. El abuelo (esposo de la abuela) fue subastado entre sus hijas (incluyendo a mi madre), pues nadie quería tenerlo en su casa. Allí aprendí otra lección: “no importa cuánto amor hayas dado, siempre, siempre, habrá quien se olvide de tus buenos actos”. Ante aquella situación, el abuelo vagó de casa en casa, hasta que dos años después de la partida de la abuela, Dios decidió que era el momento del abuelo. Su muerte fue rápida, tan rápida que ninguna de sus 4 hijas les dio oportunidad de llorar su ataúd, creo que ni siquiera les dio tiempo de sentir tristeza, pues se perdieron en la sensación de descanso que sintieron al ver al abuelo encajonado y listo para irse.
Para cuando el abuelo había partido, yo estaba en un momento de tremenda idiotez, no se podía decir más pues solo tenía 18 años. Las ganas de ser buena fueron sustituidas con violencia, pues el término “buena” no cabía más en mi reputación de ligera que la sociedad me había puesto. Nadie entendía que aquella ligereza, como ellos le llamaban, era mi propia expresión de odio y destrucción. En aquellos momentos el término “amor” era muy diferente para mí. Creía que solo se basaba en lo pasional y carnal, no en lo sentimental y moral. Sentía amor al ser tocada y besada, aunque cada vez que aquel acto terminaba me volvía vacía y solitaria.
Toda mi vida corría deliberadamente al son de una marcha petulante que buscaba la autodestrucción. Todo aquello era doloroso, y aún así, era la única forma de amar que conocía. Pero dentro de la locura, no dejaba de tener mi meta para poder ser feliz. Si en ese momento alguien me hubiese preguntado que si era feliz, sencillamente hubiera dicho que sí. Me sentía amada por un hombre que no podía amar a una sola mujer, (que poco después su compañía se hizo un calvario, posteriormente, de tantas indiscreciones ambos huimos del problema), mi familia había pasado a segundo plano, donde no me pudieran molestar, y mi situación financiera estaba estable. Pero solo era una buena mentira que empecé a creer. Todo corría tan rápido a mí alrededor, pero en realidad no era mi contexto, era yo quien me movía. No disfrutaba de los pequeños momentos, las experiencias, el sol, el aire, el calor, el frio…me había convertido en una nómada en la vida irreal. Entonces, después de dos años de toda esa basura inició el fin.
Una noche de octubre mi madre me habló para decirme que mi padre estaba enfermo de gravedad. Recuerdo haber ido al hospital y ver como sufría de dolor. Todos los doctores anunciaban su fin, pues su problema se había agraviado de tal manera que estaba muriendo lentamente. Ha mi padre le habían firmado la sentencia de muerte una pequeña araña venenosa. Todo aquello era horroroso de ver; estaba asustada y quería huir, pues esa maniobra había sido mi mejor solución desde hace muchos años. Los meses pasaron y mi padre no mejoraba.
Si les soy sincera, mi padre y yo nos hicimos los mejores amigos desde allí, creo que por que me sentía culpable, pues toda mi vida lo había aborrecido por tonterías que me dolía admitir la culpa en su mayoría. Mi padre regresó del hospital una semana después de haber estado al borde de la muerte, pero aún seguía enfermo, lo notaba. Sus ojos, su pose, su caminar, sabía que él pronto se iría de mi lado. Y yo…bueno...pues yo huía de él para no ver como estaba muriendo lentamente. estaba desorientada, mas perdida que nunca, y todo se veía como un vértice sin concluir hasta que, un día llego él.
¿Sabes que se siente amar? Pues yo lo descubrí con él. Todo mi mundo se detuvo y por un instante empezó a desmoronarse, pero él lo sostuvo como un Atlas. Me pidió mi corazón, y lo más importante, me dio el suyo. Cubrió mis tristezas con su amor, mis lágrimas las cambió por alegrías, y mi desesperanza por fe. Y desde ese momento, él caminó a mi lado, como mi fiel escudero y guardián. Mi vida dio un giro de 360° hacia otro camino que no tenía previsto.
No puedo mentir, al inicio tenía pánico; era miedo de enamorarme por primera vez y que me destrozara el corazón, pero él se encargó de hacerme entender que solo buscaba mi felicidad. Al oír aquella frase (“que solo buscaba mi felicidad”) todo tambaleo. ¿Ser feliz significaba sentirse amada? ¿En dónde estaba el dinero que tanto profesaba felicidad y paz? No entendía su concepto de felicidad.
Ese año pasé navidad y año nuevo con él. Fue algo diferente pues me sentía culpable de no haberla pasado con mi familia. Regresé días antes de entrar a la escuela, todo marchaba bien, pero algo que hasta la fecha no sé qué tan real sea, pasó. Mi padre falleció a causa de una lucha incansable contra el veneno de una araña violinista alojado en su sistema. Murió dormido. Recuerdo haber llegado a la casa y aún encontrar su frio cuerpo en la cama. Tomé su mano entre las mías y la besé. Mi mejor amigo se había ido. Me acosté a su lado y lo abracé, le dije, le supliqué que no me dejara, que aún no era el momento, él no me escuchó, solo se quedó en silencio, frio, entonces yo lloré. Lloré hasta quedarme seca, mi hermana me sacó del cuarto pues los de la funeraria habían llegado. Aún recuerdo el crujir de los huesos de mi padre al romperlos para poder meterlo a la bolsa negra. Tengo tan grabada la imagen de la camilla, y sobre ésta el cuerpo de mi padre envuelto en un plástico negro pasar el marco de la casa.
Me senté en el sillón, mi mamá salió para arreglar todo lo de la funeraria, mi hermana se sentó a mi lado y no dijo nada, solo me dejó llorar. Todo había cambiado y apenas iniciaba el año.
No recuerdo mucho de su funeral, ni las personas que fueron a despedir a mi padre, lo que si tengo presente fue la hipocresía desbordada hacia la familia, los abrazos fríos, los consuelos fingidos y las mentiras como “siempre puedes contar conmigo”. Hasta la fecha esas personas jamás volvieron a cruzar una palabra conmigo. Sigo escuchando la tierra caer sobre el ataúd de mi padre; era una mescla de lluvia y tristeza. Cada montón de tierra aventado rezumbaba más y más opaco hasta que por fin fue acallado. El hoyo había sido rellenado y la cruz puesta con el nombre de mi padre.
Duré días sin hablar ni reír, me había mecanizado; levantarme, limpiar mi dormitorio, almorzar aire, asistir a clases, comer lo que sea, ir nuevamente a clases e irme directa a dormir. El teléfono sonaba y sonaba, ni siquiera tenía ganas de hablar con él. Sabía que estaba mal porque éramos pareja y teníamos que estar el uno con el otro, pero en ese momento no me apetecía saber de él, de nadie, de mí, de todos. Hoy hace tanto que pasó eso que aún no sé si sea real.
Con la partida de mi padre, mi madre decidió abandonarse en el olvido. Luché contra ello, pero ella no me permitió sacarla de donde estaba, así que decidí dejarla allí; no pude contra su aferrada decisión. El concepto de felicidad había cambiado, ahora solo anhelaba tres minutos de una charla con mi padre, que me explicara el porqué de vivir, el porqué de luchar, un abrazo, su bendición, su consejo…algo. Pero sabía que era imposible, al igual que lo fue con la abuela, con el abuelo. Ser feliz no significaba tenerlo todo, tener dinero, propiedades y objetos; ser feliz significaba ser amada, estar rodeada de amor sincero, de paz, honestidad…estar con él.
Tuve que dar el siguiente paso, salir de donde me encontraba pues me estaba ahogando cada vez más. Decidí ser fuerte, ser inquebrantable como un diamante bruto. Decidí amar locamente, respirar el sol para sentir su calidez por dentro, mojar mi alma para que se lavase cual ropa sucia, decidí vivir. Convertí mis pesadillas en sueños, mis manos en alas y me eché a volar cual Ícaro, pero sin quemarme con el sol.
Hoy, todo es diferente. Las cosas han sido difíciles, pero ¿quién dijo que la vida es fácil? La vida no siempre tiene que estar llena a cada momento de felicidad y dulzura. Son esenciales los problemas pues te enseñan a valorar, a apreciar la compañía, las personas; te enseñan a valorar el aire que respiras, el suelo que pisas, la comida que tienes y lo más importante, apreciar valorar la vida tal cual. La verdadera felicidad son esos pequeños momentos en los cuales te das cuenta que no estás tan sola, que tu espíritu es rebelde a pesar de todo y que nadie lo ha apaciguado, ni lo harán.